Sigue de aquí.
Cuando recupere la consciencia, me encontraba aterida de frío, casi congelada por los vientos helados de la montaña, deshidratada y débil. No es raro que, a pesar de haber logrado superar la prueba y salir al exterior, algunas hermanas hayan perecido por las infecciones causadas por las heridas.
Me levanté con esfuerzo, me arropé con las escasa prendas que vestía y me dirigí hacía la entrada de la orden. La cara me ardía hasta tal punto que el roce con el mismo aire era una agonía ardiente y helada. Los parpados, hinchados por las supurantes heridas, convertían mis ojos en dos pequeñas rendijas. Y las lágrimas y la nieve apenas me dejaban entrever el borroso camino.
Llegué a la puerta. Con esfuerzo, la golpeé con los puños cerrados hasta que me abrieron mis hermanas. Mostraron su alegría pero cuando intentaron ayudarme las aparté con un gesto. Fruto de la fiebre, deseaba llegar sola hasta mi cuarto, y demostrar que podía hacerlo sin su ayuda. Obstinada, enferma, febril. La Madre lo entendió, e impartió unas ordenes que desconozco. Yo no oia nada, pero no me importaba.
Me facilitaron el camino que llevaba desde la puerta principal hasta mi nueva habitación, la que me correspondía por ser una hermana mas. Una Hija de Grumgri. Fue un camino durante el cual agoté toda mi fuerza de voluntad. Caí de rodillas dos veces, y las dos veces me levanté con tesón ante los murmullos de mis hermanas. Y al atravesar la puerta de mi habitación, me desmayé de nuevo. Antes de caer al suelo noté como me sujetaban y me llevaban al catre donde pasaría la siguiente semana. La curandera no se separó de mi.
Cuando me encontré con fuerzas para levantarme, lo primero que hice fue dirigirme al pozo. Me lavé la cara en el agua fría del deshielo, notando con mis manos asperas de enana las costras de las heridas inflingidas durante la prueba final. Sabía que las cicatrices serían permanentes y que, al igual que a mis hermanas, me señalarían ante el mundo.
Pasaron muchos años. Dentro de la orden fuí feliz, como solo en la orden se puede ser. Nuevas aprendices entraron en la misma, y algunas consiguieron ser mis hermanas. Otras abandonaron la orden mientras estaban en el proceso de aprendizaje. Otras abandonaron la orden cuando perdieron la vida.
El estudio y las tareas diarias me mantuvieron ocupada durante todo ese tiempo. En algunos casos, me encargué de la formación de nuevas acólitas, aunque normalmente eran mis hermanas mayores las que se encargaban de ello. Las “pequeñas de la familia”, como nos llamaban las mayores, nos encargabamos de las tareas menores en el proceso de formación. Preparar las armas que se utilizaban en los entrenamientos, observarlos para ver la actitud de las novicias, preparar las zonas de entrenamiento, acompañar a las heridas a la curandera, etc.
Fue en uno de estos momentos cuando la descubrí. Fue una intuición, algo que solo detectas por casualidad. Un brillo en los ojos. Un gesto que pasó desapercibido ante otros. La cuestión es que algo me produjo un escalofrío mientras acompañaba a una de las acólitas a curarse de sus heridas. Se llamaba Torgga. No la acólita a la que acompañaba, sino la acólita que había causado sus heridas. Un nombre común entre las enanas.
Torgga noseque, del clan nosecuantos. La verdad es que no investigué sobre el tema, ya que el pasado poco importa entre las hermanas, y menos entre las novicias. Supongo que si hubiera investigado un poco, habría descubierto que esa tal Torgga no existía, y en caso de existir, sería muy distinta a la enana que se encontraba entre nosotros. Pero no lo hice. Y eso fue la causa de que Torgga acabase con la vida de una acólita.
Fue poco después del día que tuve la intuición. Al parecer, en un entrenamiento Torgga fue herida mientras practicaban con armas de filo. Fué un error de cálculo, un leve corte en la mejilla, pero que sirvió para que Torgga se enfureciese por el corte, hasta el punto de atacar salvajemente a la acólita que le hirió. Varias hermanas les separamos, todas sorprendidas por su fiereza, aunque creo que solamente yo llegué a ver la furia y el profundo odio que se adivinaba en su mirada.
Nada más separarlas, Torgga se calmó y ocultó sus sentimientos tras una máscara de disculpa y servidumbre. Cinco días más tarde, la acólita que le hizo enfurecer se tiró por una escarpada caida, muriendo.
Al enterarme, hablé con la Madre. Le expliqué mis sospechas, pero no tenía nada en lo que basarme a parte de mi intuición, y no había ninguna razón para pensar que yo tenía razón. Las huellas de la acólita se dirigian al risco en solitario, y no había marcas de otros seres o efectos que hubiesen obligado a la acólita a lanzarse al vacio. Aún así, prometió que lo estudiaría.
Tres semanas despues, Madre murió a causa de un ataque. La encontraron en su habitación, con la garganta rajada de parte a parte, desangrada y un gesto de terror en su mirada. Las hermanas mayores estuvieron investigando, preguntando entre los miembros de la orden, comprobando declaraciones, sin encontrar a la culpable. Yo sabía quien era. No tenía ninguna prueba, pero sabía que Torgga estaba era la asesina.
Tardé tres semanas en arrinconar a Torgga y apartarla del resto de las hermanas y acólitas. Hasta ese momento la orden estaba bastante revuelta, y Torgga se mantenía constantemente junto al resto de enanas. Esa noche, sin embargo, salió del dormitorio común, en busca de vete a saber qué. Quizá en busca de una nueva víctima, o la necesidad de rezar a su corrupto dios. No lo se. Lo que se es que Torga salió al patio y se dirigió a la puerta de la entrada. Le seguí, utilizando el entrenamiento que había recibido durante todos mis años como acólita y como hermana. Y cuando decidí que ya estabamos lo bastante lejos, le llamé por su nombre.
“Torgga, se que eres”. Se giró. Y sus ojos eran rojos, como ascuas ardientes. La piel de su rostro burbujeaba, como si la carne hirviese. Y las mandíbulas, desencajadas por unos dientes caninos inhumanos y bestiales, se abrían gorgoteando una especie de baba amarillenta. Las nauseas me invadieron, pero las arcadas no llegarón a aparecer, pues Torgga ya se había lanzado contra mi gruñendo fieramente.
Gracias a mis años de entrenamiento, fueron mis músculos los que respondieron al ataque, de manera casi inconsciente. Y al apartarme con un brusco giro sobre mi misma evité que Torgga me alcanzase por muy poco. Y supe que moriría yo tambien, al igual que Madre, pues era imposible que lograse acabar con un ser como aquel. La lucha continuó unos segundos que me parecieron eternos, donde lo único que podía hacer era concentrarme en defenderme. Cada golpe se acercaba más a mi piel, y cada movimiento era más y mas rápido, mas violento, mas fiero.
Tuve suerte. Madre decía que el arte del combate sale de dentro, y el arte de la suerte viene de fuera. Yo solo se que en aquél momento tuve suerte, y en un quiebro con mi mano alcancé el mango de una lanza de entrenamiento. No esperaba que estuviera allí, y si se hubiera descubierto, la acólita descuidada que la dejó olvidada hubiera recibido una tremenda reprimenda al día siguiente. Los ojos de Torgga cuando la lanza se hundió en su estómagó me demostraron que tampoco lo esperaba. Aproveché su sorpresa, sujeté la lanza con ambas manos y la giré, realizando un profundo corte en la garganta.
Torgga empezó a boquear, mientras borbotones de sangre emergían y se derramaban hasta caer al suelo. Se arrodilló, y tapandose inutilmente el corte con las manos murió mirando al cielo, con los ojos muy abiertos. En ese momento, mis hermanas llegaron.
Miraron mis manos, con la lanza todavía en ellas, y claros signos de haber luchado. Miraron a Torgga, en el suelo, muerta, con la garganta abierta y rodeada de sangre fresca. Con los ojos abiertos por el terror, las manos flacidas por la muerte y ningun rasgo del caos que a mi me habían horrorizado. Miré a mis hermanas, y vi el horror en sus ojos. El horror mientras me miraban. No mientras miraban a Torgga, sino mientras me miraban a mi.
Corrí. Quizá si hubiera esperado un segundo más, hubiera sido atrapada por mis hermanas. Juzgada. Quizá ejecutada. Pero corrí como alma que lleva el caos. Y cuando más cansada me sentía, mas corría. Alejandome. Ocultandome. Sin mirar atrás. Se que me estuvieron buscando, y se que todavía lo hacen. Desconozco si ya saben la verdad, pero por si acaso, las evito. No puedo ocultar que yo maté a Torgga, pero no puedo demostrar que era un ser del caos.
Y por ello, me alisté en la Compañía Negra.